En anestesia y psiquiatría usamos algunas de las mismas drogas que aparecen en noticias policiales o series de televisión: morfina, fentanilo, benzodiacepinas, ketamina. La diferencia no está sólo en la sustancia, sino en el contexto, la dosis, el objetivo y el control.
La misma molécula que en pabellón salva vidas, en una fiesta o consumida en soledad puede terminar en una urgencia, una UCI… o algo peor.
En este texto quiero contarte, con lenguaje sencillo, para qué sirven realmente estas drogas en medicina y por qué su uso recreativo o fuera de un entorno terapéutico controlado las vuelve tan peligrosas.
1. Morfina: alivio del dolor intenso… y riesgo cuando se usa mal
Uso médico
La morfina es un opioide clásico. Se usa para tratar dolores intensos: postoperatorios, crisis de dolor en cáncer, infartos de miocardio, dolor agudo grave por traumatismos, etc.
En un contexto médico:
- Se ajusta la dosis al peso, edad, función renal y hepática.
- Se controla la respiración, la presión arterial y el nivel de conciencia.
- Se evalúa el dolor de manera sistemática.
- Se revisan otras enfermedades y medicamentos para evitar interacciones.
Cuando se prescribe correctamente en pacientes con dolor crónico (por ejemplo, cáncer avanzado), la evidencia muestra que el riesgo de adicción psicológica es bajo; puede haber dependencia física, pero manejable con esquemas de reducción progresiva si es necesario.
Uso recreativo o ilegal
Fuera del sistema de salud, el panorama cambia:
- No hay control de dosis: se pueden usar cantidades mucho mayores que las necesarias.
- Se combina con alcohol, benzodiacepinas u otros depresores, sumando efectos sedantes.
- No hay monitoreo: nadie está midiendo saturación de oxígeno, ni frecuencia respiratoria.
El principal peligro es la depresión respiratoria: la persona simplemente deja de respirar. Esto puede ser silencioso, sin grandes “escenas dramáticas”: sólo parece que está durmiendo. Cuando alguien se da cuenta, muchas veces ya es tarde.
2. Fentanilo: herramienta potentísima en anestesia, crisis mortal en la calle
Uso médico
El fentanilo es también un opioide, pero 50–100 veces más potente que la morfina. Se usa en anestesia y cuidados intensivos para manejar dolor intenso, facilitar la ventilación mecánica y mantener al paciente confortable durante procedimientos invasivos.
En pabellón lo usamos:
- En dosis medidas en microgramos, no en “gotas” o “rayas”.
- Con monitoreo continuo: ECG, presión arterial, saturación de oxígeno, capnografía.
- Con un equipo entrenado y antídoto disponible (naloxona).
Uso ilegal y crisis de sobredosis
En el mercado ilegal, el fentanilo o sus análogos se mezclan con heroína, cocaína, pastillas falsificadas, etc. El consumidor no sabe cuánto está recibiendo. Bastan miligramos mal calculados para provocar una sobredosis fatal.
La OMS describe cómo estos productos clandestinos se asocian a una fuerte alza en muertes por sobredosis a nivel mundial.
En resumen: el mismo fentanilo que, en pabellón, permite una cirugía sin dolor, en la calle se ha convertido en uno de los principales actores de la crisis de opioides.
3. Benzodiacepinas: ansiolíticos útiles que no son “caramelos para dormir”
Uso médico
Las benzodiacepinas (como diazepam, lorazepam, clonazepam, midazolam) son fármacos que actúan como depresores del sistema nervioso central.
Se usan para:
- Tratar crisis de ansiedad intensas.
- Manejar insomnio a corto plazo.
- Controlar convulsiones y estado epiléptico.
- Sedar al paciente antes de un procedimiento o como parte de la anestesia.
Cuando se indican correctamente:
- Suelen usarse por tiempos limitados (semanas, no años).
- Se controla el efecto clínico y se ajusta la dosis.
- Se evalúa riesgo de caídas, deterioro cognitivo y dependencia, sobre todo en adultos mayores.
Riesgos de la automedicación y el uso recreativo
Tomar benzodiacepinas “prestadas”, comprarlas sin receta o mezclarlas con alcohol u opioides es una receta para el desastre:
- Pueden causar depresión respiratoria, especialmente si se combinan con otros depresores.
- Su uso prolongado sin control médico genera tolerancia y dependencia; dejar de tomarlas bruscamente puede desencadenar un síndrome de abstinencia que incluye ansiedad intensa, insomnio, convulsiones e incluso complicaciones graves.
- Aumentan el riesgo de accidentes de tránsito y caídas, sobre todo en personas mayores.
Lo que en un esquema médico pautado ayuda a dormir mejor o a controlar una crisis, en consumo libre y desordenado termina muchas veces en urgencias, dependencia o deterioro cognitivo.
4. Ketamina: anestésico esencial y herramienta emergente en psiquiatría
Uso en anestesia y analgesia
La ketamina es un anestésico disociativo que se ha usado por décadas para:
- Inducción de anestesia general, especialmente en trauma y en pacientes inestables hemodinámicamente.
- Procedimientos dolorosos en urgencias.
- Manejo de dolor agudo y crónico en algunos protocolos.
Tiene la particularidad de mantener la respiración espontánea y el tono de la vía aérea mejor que otros anestésicos, lo que la hace muy útil en contextos de emergencia… siempre con monitoreo adecuado.
Uso psiquiátrico controlado
En los últimos años, formulaciones de ketamina (y su isómero esketamina) han sido aprobadas en varios países para el tratamiento de la depresión resistente bajo estrictas condiciones de supervisión médica.
En estos programas:
- Se administra en clínicas autorizadas.
- El paciente es monitorizado durante y después de la dosis.
- Se combinan protocolos de seguridad física y apoyo psicológico.
Uso recreativo: del “viaje” al daño orgánico
La ketamina se ha popularizado como droga de fiesta o de “desconexión”, por su efecto disociativo y alucinógeno. El problema es que, repetida y sin control, puede causar:
- Trastornos de memoria, concentración y estado de ánimo.
- Lesión de vejiga (“vejiga por ketamina”), con dolor, urgencia urinaria y riesgo de daño permanente.
- Dependencia y síndrome de abstinencia con depresión y craving.
Hoy se describe un aumento preocupante en los problemas relacionados con el uso recreativo de ketamina, con más consultas por daños urinarios y trastornos mentales asociados en varios países.
5. ¿Qué hace que el contexto médico sea tan distinto?
La molécula es la misma. Lo que cambia es todo lo demás:
En un entorno terapéutico controlado:
- Dosis calculada, vía de administración segura, calidad farmacéutica conocida.
- Historia clínica, exámenes y revisión de otros medicamentos.
- Monitoreo de signos vitales y disponibilidad de oxígeno, ventilación, antídotos y un equipo entrenado.
- Protocolos, guías clínicas y supervisión de especialistas.
En el uso ilegal, recreativo o irresponsable:
- Dosis desconocidas, a veces multiplicadas o adulteradas.
- Pureza incierta: mezclas con otras drogas para “potenciar” el efecto o abaratar costos.
- Combinación con alcohol y otros fármacos sin conciencia del riesgo.
- Ausencia de monitoreo y de ayuda inmediata si algo sale mal.
El resultado es que la probabilidad de sobredosis, daño orgánico, dependencia y muerte aumenta de forma exponencial.
6. Beneficios médicos sí, pero sin idealizar ni banalizar
Es importante evitar dos extremos:
- Demonizar estas drogas al punto de que pacientes con dolor intenso o depresión grave teman recibir tratamientos que podrían ayudarlos.
- Banalizarlas como si fueran “atajos” para dormir, relajarse o “escapar” emocionalmente en la vida diaria.
La evidencia es clara:
- Opioides como morfina y fentanilo, usados correctamente, son indispensables para el manejo del dolor agudo y paliativo, pero su uso sin supervisión contribuye de forma directa a la epidemia de sobredosis.
- Benzodiacepinas son eficaces para ansiedad, insomnio y convulsiones a corto plazo, pero el uso prolongado y recreativo aumenta dependencia, deterioro cognitivo y riesgo de accidentes.
- Ketamina, en manos de anestesiólogos y psiquiatras, abre opciones para pacientes que no responden a otros tratamientos; en consumo recreativo, se asocia a daños urinarios y neurocognitivos importantes.
7. Qué puedes hacer tú como paciente o familiar
Algunas ideas prácticas:
- No te automediques con opioides, benzodiacepinas ni ketamina. Aunque te “sobren” pastillas o te las ofrezcan, no son inocuas.
- Si estás en tratamiento con alguno de estos fármacos:
- Síguelos exactamente como te indicó tu médico.
- No aumentes ni suspendas la dosis por tu cuenta.
- Comenta siempre si estás tomando alcohol u otras sustancias.
- Si tienes dolor intenso, ansiedad incapacitante o síntomas depresivos graves, pide ayuda médica, no recurras a drogas recreativas como “tratamiento rápido”.
- Si sospechas que tú o alguien cercano está desarrollando una adicción o un uso problemático, habla con tu médico de cabecera, un psiquiatra o un centro de tratamiento de adicciones. Cuanto antes se pida ayuda, mejores son las posibilidades de recuperación.
Llamado final
Morfina, fentanilo, benzodiacepinas y ketamina no son “buenas” ni “malas” por sí mismas. Son herramientas poderosas, diseñadas para aliviar el dolor físico y emocional en manos de equipos de salud, bajo protocolos claros y en ambientes seguros.
Usadas fuera de ese marco, de forma ilegal o recreativa, transforman su potencia terapéutica en una fuente de riesgo: sobredosis, daño orgánico, trastornos mentales, dependencia y muerte.
Si te van a operar, si estás en tratamiento psiquiátrico o si te preocupa el uso de estas sustancias en ti o en alguien cercano, habla con tu equipo de salud, pregunta, infórmate y no minimices los riesgos. La mejor “droga” siempre será una decisión informada, tomada en conjunto con profesionales que velan por tu seguridad.
Descubre más desde Anestesia Chile
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
